viernes, 24 de junio de 2005

Los frikis no son comida para gatos... (II)

(Explicación de porqué a uno que yo conozco deberían cortarlo a cachitos y dárselo de comer a los cerdos)

El caso es que al quedarme sola esa semana, lo llamo para quedar en mi despacho y tiene el teléfono desconectado. No quiero ser pesada y le mando al día siguiente un sms, que tampoco recibe. Lo llamo al día siguiente otra vez y ya desisto de seguir intentándolo. Cuando el me devuelve la llamada, me pide que lo dejemos, que necesita tiempo para recuperarse de su estrés (salió de un despacho un poco rebotado) y de una enfermedad física (que como soy una persona educada, me la callo). Me dice que ha pasado el resto de fin de semana muy alterado y que la culpa de esa alteración (¿emocional, física, psíquica? ¡qué se yo!) la tengo yo y me despide con unas manera que me dejan un poco helada.

Esa misma semana, cometo el error de mandarle el envío semanal de poesía (lo mandé a la lista de direcciones completa) y me contesta diciéndome que salga de su vida, que no lo moleste más, que no quiere saber nada más de mí.. Yo me quedo a cuadros por todo: porque fue él el que empezó el juego, porque quiso quedar él para que nos conociéramos, porque fue él el que flirteó sin pudor alguno (vale, yo también) y porque fue él, en todo momento, el que se interesó por mí. ¿Y encima me trata a patadas por un simple envío de un poema? Mi reacción fue pensar "que lo follen. Bueno, no, que lo mismo le gusta".

Si es que fuí tan tonta que hasta pensé que podía gustarle por cómo era por dentro y no por fuera, el súmmun de toda tía no agraciada (os recuerdo que soy gorda y encima me parezco a mi padre, me falta el bigote).

Todo esto viene porque lo he vuelto a ver, es algo inevitable, esta es una ciudad pequeña y nos conocemos casi todos en esta profesión. El encuentro tuvo lugar en unas conferencias sobre la Ley de Responsabilidad Penal del Menor y, con su aire condescendiente (porque habla como si hubiéramos de agradecerle que se dirigiera a nosotros), me pide "tres segundos" para hablar. Como en el fondo soy buena gente y creo que todo el mundo merece una segunda oportunidad, pues se los concedo.

Me dice que estoy muy guapa (primer intento), que quiere hablar conmigo para pedirme perdón por su comportamiento, que sabe que se portó mal, que la persona que yo conocí no era él (¿era su gemelo malo?), que ha estado sometido a tratamiento por su enfermedad física y también por la mental (que la tenía no fue una sorpresa), que incluso había estado alcoholizado (aquí ya empecé a no creerme nada), sometido a tratamiento medicamentoso (¿estas palabras de dónde las sacará?) y que tenía que pedirme perdón por todo.

Yo le acepté las disculpas y quise largarme, pero empezó a preguntarme cómo me iba, qué hacía, si estaba bien, si seguía escribiendo... (segundo intento, fallido también). Le contesté la verdad: que estaba contenta en el despacho, que había hecho ya varios juicios, que estaba metida en los turnos de oficio, que empezaba a tener clientes propios, que estaba genial con mis amigos, que escribía en una revista semanal, que había viajado a Madrid a conocer a los cyberamigos del baloncesto, que había visto de nuevo a Nacho Azofra, que había organizado junto con unos amigos un concurso de fotografía (www.canomori.com), que había ido varias veces a la playa con mis amigos de la Escuela de Prácticas, que incluso tenía un blog, mundo al que había llegado gracias a otro bloguero murciano, y que estaba estupendamente bien (que tengo que deciros que es la pura verdad, estoy genial ahora mismo).

Este encuentro me dejó un poco trastorná y me dió mucho que pensar, porque puede que realmente haya cambiado, pero me da la impresión de que no es así, de que ésto lo está haciendo por pura vergüenza (o por terapia del psiquiatra o de Alcohólicos Anónimos) y porque nunca sabes cuándo te vas a encontrar en un futuro con un compañero al que has tratado mal y tiene la llave para aclarar un caso o llegar a un acuerdo.

La prueba de esta desconfianza es que el miércoles me vió en el control de firmas y no me saludó. Yo, al menos, me quedé con el "hola" en la boca.