viernes, 18 de marzo de 2005

El miedo a vivir

Hace un par de días me encontré con una vecina en el autobús. Ha estudiado Derecho como yo y, a veces, conversamos sobre temas relacionados con ello. Ella está separada de su marido y tiene una hija de unos 8 ó 9 años y, actualmente, no trabaja, prepara unas oposiciones a la Comunidad Autónoma de Murcia. Nos sentamos juntas y empezamos a hablar de cómo me iba en mi trabajo. Empecé diciéndole que estaba muy contenta y que llevaba ahora mismo un atraso importante en un par de asuntos por culpa de los expedientes de regularización de extranjeros.

La conversación fue derivando hacia el tema de extranjería y ella, que es una persona de carné del PSOE, me iba sorprendiendo cada vez más con sus comentarios. Que si hay que empezar a cambiar de acera cuando viene algún extranjero, que si es una vergüenza que se dejen plazas en los colegios para niños extranjeros, que si no se integran en nuestra cultura para nada… Poco a poco me di cuenta que no hablaba ella realmente, sino el miedo.

En la zona en la que vivimos, estamos algo alejados del centro del pueblo. Vamos, que yo ando quinientos metros en dirección este y llego antes al término del pueblo de al lado que al centro del mío. Además, detrás de mi casa no hay más construcciones y empieza una finca más o menos extensa, con pinos, frutales, paleras, una casa vieja… Justo detrás de mi casa hay un enorme almendro, sus ramas rozan la tapia de mi patio.

En la parte alta del barrio, está la “Milla de Oro”. Es donde viven los ricos del pueblo, con chalés más o menos aparentes, no es la Moraleja, pero todos tienen piscina. Hace unos 6 meses, uno de ellos fue atracado con los dueños dentro. Lo típico: mataron al perro con un filete con veneno y saltaron la valla. La alarma se fue enseguida a la porra. Durmieron a los dueños y, en un tiempo muy breve, saquearon lo que encontraron de valor y se fueron en un impresionante Audi A6 que sacaron de la cochera.

Mi vecina decía que era típico de la mafias del Este y que si en mi casa no teníamos miedo. “¿Por qué?” le pregunté. “Por si os entran y os hacen algo”. Le contesté que no podemos vivir con miedo.

Si viviera con miedo no haría nada. Ni siquiera saldría de la cama. Hay multitud de cosas que te puede pasar en tu propia casa: una caída en la bañera, quemarte friendo un huevo, que se te caiga un vaso y te cortes… Por no hablar de lo que puede ocurrir fuera: accidentes de coches, atracos en un banco, que te roben el coche, que te hagas un esguince por una caída mientras corres…

Pero si me quedo en casa o reprimo mis salidas por el miedo a qué me pasará, no viviré plenamente, viviré en una angustia de no saber qué ocurrirá. Dejaría de disfrutar de las cosas de la vida: no viajaría a Madrid en tren porque ha habido dos accidentes muy graves en mi línea en los últimos años, no me bañaría en la playa porque todos los años muere alguien ahogado en Mazarrón, no comería en restaurantes porque puedo coger una salmonelosis. Ni siquiera trabajaría como abogada, porque puede asaltarme uno de mis clientes delincuentes.

No me considero una persona temeraria, al revés, soy bastante responsable, pero no me preocupan las “cosas”, los “accidentes” que me puedan pasar. Soy la única de mi casa que no cierra la puerta con llave por la noche al ir a acostarnos y, en verano, duermo con la ventana abierta de mi habitación, aunque dé directamente a la calle (vivo en una vivienda de planta baja). Si me voy a la playa con el coche, me preocupo de que esté bien, pero no voy con el temor de que vaya a tener un accidente, con las manos engarrotadas en el volante y sudando sangre. Si salgo de noche, no me importa volver sola al lugar donde he aparcado, aunque sean las 5 de la madrugada.

Sinceramente, no entiendo a las personas que viven con ese miedo al “qué pasará”. Y me he dado cuenta de que estoy rodeada de ellas y de sus miedos: mi madre y la seguridad urbana, mi hermana y los terremotos, mi padre y mi integridad física de mujer, mi abuela y el agua de la piscina, mi vecina y los extranjeros…

Si por cada miedo de cada persona que me rodea hubiera hecho lo que me decían no habría viajado nunca, no habría estudiado más allá del instituto, no tendría carné de conducir, no utilizaría un ordenador, no habría montado en bicicleta nunca, no me habría ido a la montaña con mis amigos… En definitiva, creo que no hubiera vivido.